El futuro de la alimentación se configura como una problemática compleja, estrechamente asociada al crecimiento poblacional, la seguridad alimentaria y el deterioro ambiental, incluyendo la posible reducción de tierras habitables como consecuencia del aumento del nivel del mar. A partir de proyecciones demográficas y de datos sobre la prevalencia de la subalimentación a nivel mundial, se hace evidente la necesidad de desarrollar estrategias sostenibles que permitan satisfacer la demanda futura de alimentos.
En este contexto, preocupan el crecimiento poblacional junto con el déficit de alimentos, así como la contaminación ambiental que, entre sus efectos, contribuye al aumento del nivel del mar y, con ello, a la disminución de la tierra habitable y cultivable. Se configura así una cadena de sucesos que debería invitar a cada habitante del planeta a reflexionar sobre su aporte, por pequeño que sea.
Si se considera únicamente la disponibilidad de alimentos frente a las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU, 2015), el panorama resulta exigente: para el año 2050 la población superará los 9.710 millones de personas y, hacia 2100, alcanzará los 11.200 millones. Estas cifras, por sí solas, obligan a pensar en alternativas alimenticias viables.
Aun en el presente, las cifras son preocupantes. Las muertes por desnutrición y los episodios de hambruna continúan siendo una realidad; alrededor de 925 millones de personas padecían hambre crónica según datos de la FAO (2010). En la misma línea, se estima que existen unos 795 millones de personas subalimentadas en el mundo, cifra que, aunque representa una disminución de 167 millones respecto a una década atrás y de 216 millones frente a 1990-92, sigue siendo considerablemente alta (FAO, 2010).
Esta preocupación no es reciente. Ya en 1798, Malthus advertía que “la humanidad crece a un ritmo mucho mayor que su capacidad para generar su sustento”. No obstante, frente a esta visión, surgen posturas como la hipótesis de Gaia, planteada por James Lovelock (1919-) y Lynn Margulis, según la cual el planeta posee mecanismos de autorregulación que le permiten responder a cambios adversos. Para algunos, esta idea resulta difícil de aceptar, al implicar una acción coordinada de los organismos (Castro, C. 2011), mientras que otros consideran posible la existencia de un punto de inflexión en el que el crecimiento poblacional comience a disminuir.
En cualquier caso, la previsión sigue siendo necesaria. Entre las alternativas para atender la demanda de alimentos se encuentra la producción de microalgas en el mar, opción que no solo aportaría como fuente alimenticia, sino que también podría contribuir a la reducción de la contaminación de las aguas (Perez, 2014). De igual forma, “dar un paso atrás” hacia prácticas ancestrales como el consumo de insectos resulta pertinente; la entomofagia, aún presente en diversas culturas, ofrece una fuente significativa de proteína (Ramos, 2008).
En esta misma línea, también sería oportuno reconsiderar el uso de tierras actualmente destinadas al cultivo de materias primas para biocombustibles, en favor de alternativas energéticas renovables como la eólica, el aprovechamiento del agua o el desarrollo de acumuladores para motores de cero emisiones. No obstante, es importante señalar que ya se avanza hacia una segunda generación de biocombustibles, basada en materias primas como la lignocelulosa de pastos perennes, recursos forestales y desechos vegetales, lo que podría llegar a sustituir las prácticas actuales (Chaparro-Giraldo, A; Acosta, O; 2009).
En consecuencia, ante el aumento sostenido de la población y la creciente presión sobre los recursos, resulta indispensable adoptar soluciones innovadoras y sostenibles que garanticen la disponibilidad de alimentos sin comprometer el equilibrio ambiental. Más allá de las posturas teóricas, serán las decisiones presentes las que definan las condiciones de vida de las generaciones futuras.
Referencias